El día que vio el moco colgado de la nariz aguileña de Lucas, quedó admirado. Inmóvil desde la puerta contempló la urgencia por ocultar en la manga de su suéter la humedad de su cara, que despedía a borbotones agua espesa de todos los rincones. Cada músculo se contraía en espasmos mientras ocultaba su rostro entre las piernas. Supuso por la llamada que ella vendría.
Pasó toda la semana evocando aquella imagen, en sus años de perro jamás lo había visto en aquel estado. Fue entonces que empezó a entrenar sus lagrimales. Quería estar preparado para su llegada. Tal vez así se convenciera que era especial, y no lo abandonaría más.
Por eso, mientras Lucas enceraba pisos, limpiaba alacenas, iba de compras y lustraba azulejos. Pompón se pasaba las siestas en su cucha mirando el sol de frente o fregándose el hocico con las hiedras del jardín. Probó evocando aquella vez que se perdió en la plaza y casi termina en las mandíbulas del pastor alemán. Y las vacaciones pasadas que fue entregado a la vecina octagenaria y tuvo que convivir con el caniche histérico. Cualquier intento terminaba igual.
Aquella tarde cuando la puerta se abrió, Lucas saltó del sillón y se arrojó con todo su cuerpo a los brazos de ella. Pasaron segundos para que sus miradas se exhibieran húmedas y brillantes. Pompón temblaba con los ojos secos. Sintió su nombre y corrió exaltado hacia donde estaban. Al acercarse, los brazos de ella lo rodearon, y lo estrecharon como aquella vez de cachorro. Fue entonces que sucedió.
El charquito en la alfombra bastó para que ella se quedara, al menos por esa noche.
“ Las cosas comienzan a suceder cuando nos exigimos menos y empezamos a sentir más. ”


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